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lunes, 25 de febrero de 2013

LOS LIMITES EN LA ADOLESCENCIA


En los primeros años de vida la puesta en práctica de la disciplina no se torna tan complicada como cuando se inicia la adolescencia. Es el momento en que el adolescente comienza a cuestionar y rechazar las normas, pide argumentos y da razones cuando está en desacuerdo con las exigencias que pueda recibir del entorno escolar y familiar.

Esta capacidad de cuestionarlo todo muchas veces nos desespera, porque no sabemos cómo establecer acuerdos sin que se desdibuje la autoridad que tenemos que desempeñar de acuerdo a nuestro rol.
La disciplina es el timón que nos permite gozar de nuestros derechos mientras  respetamos los derechos de los demás y esto exige tener claro los acuerdos para la convivencia.

Suele pasar que no están claras las consecuencias de irrespetar lo pactado. También sucede que si desautorizamos los acuerdos porque los miembros de la familia tenemos puntos de vista distintos, el adolescente acudirá a la persona que pueda complacerlo, que sea más flexible o que tenga más poder.

NEGOCIAR NO ES CEDER
Suele darse que los límites acordados se cumplen, o no, dependiendo de nuestro estado anímico. A veces se aplican sanciones desproporcionadas al hecho cometido, mientras que en otras oportunidades no se establecen correctivos a las consecuencias de ciertos actos, porque estamos muy ocupados, cansados… y nos hacemos los desentendidos o evadimos la realidad.

Cuando se incumplen los acuerdos tenemos la tendencia de prohibirle salidas o el uso de equipos electrónicos a nuestro hijo, sin que se dé el proceso de comunicarle el por qué y para qué de estas medidas. Simplemente le prohíbo salir y listo. Entonces, el adolescente  puede retarnos realizando otras acciones inadecuadas para vengarse por el malestar, rabia o frustración que le produce la sanción impuesta.

No nos queda otra que negociar, que no siempre significa ceder. Es acordar. Si el adolescente incumplió con una obligación, la consecuencia es que debe buscar la forma de resarcir el daño o asumir la responsabilidad incumplida. Por ejemplo, si nuestro hijo bajó las calificaciones en el liceo, más que decirle “te voy a quitar…”, es preguntarle “cómo vas a hacer para mejorar tu rendimiento”, y ver qué alternativas presenta. Si no ofrece opciones reales, le podemos expresar “vas a tener que utilizar el tiempo destinado a la recreación para estudiar y ponerte al día”, la señal de cumplimiento será mejorar las notas, por ejemplo. 

Esto exige estar vigilantes si realmente está utilizando el tiempo para estudiar y cumplir con sus deberes escolares. Si no es así, le haremos ver que no podrá salir el fin de semana porque no ha sabido utilizar el tiempo previsto para cumplir con sus compromisos. Seguramente se molestará y le haremos ver que entendemos se moleste, pero es nuestro deber apoyarlo para que pueda cumplir con las responsabilidades acordadas.
Nuestros adolescentes deben formarse para reconocer y respetar las “luces rojas de la vida”.
Seguimos creciendo Juntos


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